Cuando somos niños y también cuando somos adultos, muchas situaciones se nos presentan que están fuera de nuestro entendimiento o fuera de nuestro control. En todas las situaciones debemos encontrar la fuerza en nuestro interior para poder superarlas, sin embargo, cuando somos niños, tenemos la certeza de que nuestros padres van a estar ahí cerca de nosotros para superar los miedos sin importar lo que suceda. Este pensamiento aunque es hermoso cuando se es niño, en realidad es importante que los empiecen a dejar ir cuanto antes, porque los padres a pesar de que los amamos, no estarán ahí para siempre para resolvernos los problemas. Cuando un niño aprende a superar los miedos, ya sea un miedo a las alturas, al mar, a la obscuridad, por poner algunos ejemplos, ese niño logra romper un bloqueo y entiende que es capaz de hacer cualquier cosa por sí mismo y que dentro de sí, existe la luz y el amor para superar cualquier obstáculo.

 

Como padres, muchas veces nos sentimos tentados en resolver todo, porque estamos acostumbrados a que a medida que son pequeños, necesitan mucho de nosotros. El mejor regalo que podemos hacer como padres es darles su independencia. Cuando los niños aprenden a superar los miedos por sí mismos, el mundo cambia, y son capaces de superar cualquier cosa.

 

CUENTO

El campamento

 

            Rodrigo tenía 10 años cuando sus papás decidieron que era momento para que conociera un poco más el mundo y juntaron dinero y lo inscribieron en un campamento que sucedería fiera de la ciudad. Rodrigo jamás había salido de la ciudad nunca en su vida, de hecho, fuera de las cinco o seis cuadras alrededor de su casa, él no conocía mucho más lejos que eso.

 

Cuando sus padres le dijeron que se iría a pasar el verano fuera, Rodrigo sintió una enorme angustia en el pecho, pues sabía lo que eso significaba. Tendría que abandonar a sus padres durante dos largos meses, algo que jamás había hecho en su vida. Después tendría que viajar solo en un taxi hasta llegar al aeropuerto, y él había escuchado que los taxis eran muy peligrosos, pues a veces los asaltaban o peor aún, se robaban los niños. Luego, tendría que subirse a un avión y volar por tres horas, y él había escuchado que los aviones se caían y la gente se moría. Todo para llegar hasta Estados Unidos, un país donde no hablaban su idioma y a pasar dos largos meses con puros niños desconocidos, haciendo actividades que él no quería hacer.

 

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Casi siempre todos nuestro miedos son producto de nuestra imaginación y solo estamos a una decisión de vencerlos.

 

La sola idea de que eso sucedería le aterraba por completo. Durante semanas le imploraba con lágrimas en los ojos a su madre que por ningún motivo lo mandara para allá. Para el pobre de Rodrigo, hacer este viaje significaba enfrentarse a todos sus miedos y él no estaba listo para hacerlo.

 

Durante días trató de convencer a sus padres, pero no hubo razón humana que lo lograra. Les inventó que estaba muy enfermo, fingió que se había fracturado un tobillo; bueno hasta se escondió 12 horas en el clóset de su cuarto para que sus padres pensaran que ya se había ido, sin embargo, ninguno de estos inventos logró que el plan de mandarlo de viaje se cancelara.

 

El día del viaje, finalmente Rodrigo llegó con su madre y le dijo:

—Mamá, no quiero irme tanto tiempo… todo me da miedo.

—Hijo, no tienes por qué pensar en que todo te da miedo. Te vas a divertir mucho, ya verás.

—No es cierto, todo será horrible y la pasaré terriblemente, porque no quiero viajar solo, no quiero conocer gente nueva, no quiero salir a otro país, no quiero nada de eso.

¿—Entonces qué quieres hacer?

—Me quiero quedar aquí a jugar videojuegos y a ver la tele todo el día.

La mamá se rió escandalosamente, dejando a Rodrigo muy consternado. Ella lo abrazó y le dijo:

—No hay nada que temer, estoy segura que va a ser el mejor viaje de tu vida, pero tú tienes que darte la oportunidad para hacerlo. Si dejas que el miedo te limite, nunca harás nada en tu vida.

—Pero yo no quiero hacer nada más de mi vida, estoy contento con lo que tengo.

—Eso dices ahora, porque no conoces nada más, deja que regreses del viaje y veremos si piensas igual.

¿—Y que hago cuando algo me dé miedo?

—Piensa que nada te va a pasar, porque nada malo te pasará si tú no lo permites.

¿—Lo prometes?

—Te lo prometo.

 

Y así llegó la noche y Rodrigo se fue a dormir. Dejó la luz prendida como siempre, pues le daba miedo la oscuridad. Cerró con llave el clóset, pues le daba miedo que por la noche pudiera salir un monstruo. Cerró con llave también la ventana, pues le daba miedo que pudiera entrar un ladrón, y cuando al fin se metió a la cama, checó las cobijas para que no hubiera ningún bicho metido que le pudiera picar. Y entonces al fin se durmió.

 

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Nosotros mismos alimentamos nuestros miedos, ya sea evadiéndolos o no teniendo el valor de enfrentarlos.

 

Tuvo toda clase de pesadillas esa noche y casi no pudo conciliar el sueño por el miedo que le daba el día siguiente. Al amanecer, le imploró a su madre que no lo obligara a ir, pero con un beso ella lo despidió, mientras su padre lo abrazaba y le decía:

—Ten paciencia y fe y verás que todo irá bien.

Y así lo subieron al taxi que lo llevaría hasta el aeropuerto.

 

En el taxi, Rodrigo iba aterrado. Se imaginaba que aquel chofer lo llevaría por callejones oscuros y retorcidos, donde una banda de ladrones le quietaría el dinero que llevaba, le robarían sus cosas y lo dejarían tirado en la calle.

 

Sin embargo, nada de eso sucedió. Rodrigo descubrió que el chofer era un amable señor que le hizo plática durante todo el camino, y que le contaba que tenía un nieto muy parecido a él, a quien también le daba miedo andar solo, pero que lo más importante era poder enfrentarse a los miedos para darse cuenta que no pasa nada.

 

Cuando por fin llegó al aeropuerto, un hombre se acercó para tomar su mochila y creyó que lo quería robar, luego entendió que era para ayudarlo, y Rodrigo se relajó.

Esperó un buen rato para subir al avión, pero todo el tiempo estuvo acompañado de una señora que lo guió y le contestaba todas sus dudas amablemente.

 

Cuando por fin se subió al avión, Rodrigo sintió miedo de viajar solo, pero cuando despegó sintió una enorme paz y emoción de ver la ciudad pequeñita a sus pies. Se sentía tan grande como un gigante y tan poderoso como un ave majestuosa.

 

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Cuando te das cuenta que los miedos no tienen sentido y que nosotros mismos somos lo que ponemos las trabas y las limitantes, el mundo cambia.

 

Al poco rato el miedo de volar se le había olvidado, estaba más enfocado en la felicidad que le daba estar volando y se quedó dormido, y ya no soñó más pesadillas.

 

Cuando despertó ya había llegado a esa tierra nueva y desconocida para pasar sus vacaciones. Cruzó la fila de migración y a pesar de no entender para nada el idioma, le tocó una señora que le ayudó y le explicó todo. Rodrigo descubrió ahí que había gente buena también, dispuesta a ayudar y a compartir con los demás.

 

Finalmente se subió a un camión lleno de niños que también iban al campamento, y ahí descubrió que muchos de ellos no hablaban inglés tampoco, y hablaban sus lenguas nativas, algunos francés, otros italiano, otros alemán y encontró al grupo que hablaba español y rápidamente se sentó con ellos. Pasaron pocos minutos y ya estaban platicando como si fueran grandes conocidos, y todo ese miedo que sentía antes de partir y de subir al avión y de comunicarse por primera vez con ellos, había desaparecido, y todo era gracias a que él mismo se había quitado las limitaciones de su mente y decidido abrirse con los demás para compartir y convivir.

 

Cuando por fin llegaron al campamento, Rodrigo descubrió que era un ligar maravilloso, lleno de naturaleza, con un lago increíble, bosque, caballos, etc. Era como un paraíso.

 

Y todos los miedos al exterior, a los bichos, a la oscuridad, a los animales, etc., se le quitaron casi sin pensarlo, pues se estaba divirtiendo tanto con sus amigos, que no tenía tiempo para pensar todas esas tonterías.

 

Cuando se dio cuenta, había pasado ya un mes desde su partida y no había tenido que hablar una solo vez con su mamá, y eso que cuando estaba en México le marcaba al celular varias veces al día con cualquier pretexto.

 

Ahí Rodrigo entendió que la vida podía seguir sin que dependiera tanto de su madre, que todo estaría bien y que él podía cuidarse a sí mismo, aun teniendo 10 años nada más, y que el viaje que su madre le había prometido se había convertido en la mejor experiencia de su vida.

 

El siguiente mes pasó y Rodrigo aprendió a montar a caballo a pesar de que los caballos le daban miedo antes de ir, aprendió a pintar, a cantar, a nadar en el lago helado, a hacer cerámica, a tallar en madera, a trasquilar borregos, a comer arañas, a ya no tenerle miedo a la obscuridad, a conocer amigos de otros países y aunque no hablaran el mismo idioma, podían relacionarse y comunicarse aunque fuera a señas.

 

Aprendió tantas cosas que cuando volvió a México y sus papás lo recogieron en el aeropuerto, corrió a abrazarlos y simplemente les dijo:

—¡Gracias por mandarme allá, ahora ya no le tengo miedo a nada!

 

Fin

 

CONCLUSIÓN

 

El miedo es algo muy difícil de controlar, porque es un mal que puede paralizarnos. De pronto, le tenemos miedo a las cosas más absurdas y por todas las razones equivocadas. Tal vez tenemos miedos de crecer, de salir, de conocer gente, de probar comidas nuevas, de hacer actividades nuevas, en fin. Hay muchas cosas que nos dan miedo y ni siquiera sabemos por qué. El punto es enfrentarnos a ese miedo, porque nos va limitando a nuestro crecimiento personal y a todo nuestro desarrollo. El miedo es algo terrible porque hace que dejemos de crecer y nos detiene estancados en un mismo lugar para siempre.

 

Cuando te das cuenta que los miedos no tienen sentido y que nosotros mismos somos lo que ponemos las trabas y las limitantes, el mundo cambia, como a Rodrigo, que en cuanto decidió abrirse para conocer el mundo y disfrutar una experiencia que podría parecer aterradora, entonces entendemos que el mundo va más allá y que podemos hacer lo que nuestra imaginación nos permita, que no tenemos límites.

 

La próxima vez que sientas miedo, pregúntate en realidad que es lo que te estás perdiendo al ser presa de ese miedo, y enfréntalo con confianza. Te darás cuenta que probablemente sólo estaba en tu mente.

 

           

 

—Tomado del libro “Cuentos que nos ayudan a crecer y mejorar”. Autor: Salvador López Peñaloza. Primera Edición, abril 2013.—

 

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